Dolores
del pasado
Capítulo 1. Madre
Mi madre murió y no pude
llorarla más que por dentro, no pude decir su nombre en más de 50 años. Murió
en un momento en que la única sangre que importaba era la de padres, madres y
hermanos; más allá nada existía. Las familias, como clanes de animales unidos
defendían a sus cachorros sin importar otra relación: tíos, primos no eran más
que competidores que luchaban por
apartar obstáculos del camino.
En épocas de hambre tres
huérfanas de madre no eran nada.
Sólo setenta años después sigo
llorando de pena, de rabia, de no poder preguntar por qué madre no está, por
qué han quemado sus cosas, por qué han quemado las pocas ropas que nos quedaban. Ni siquiera reconoceré su rostro cuando yo
muera y me la cruce en ese vasto cielo porque quemaron la única foto que tenía
junto con todo lo demás.
Murió enferma, débil. Alguien
(no sé) alguien dijo que había sido tuberculosis y en un pueblo pequeño
consumido por el hambre, el dolor y el frío no hacía falta más para que una
familia se viera despojada de todo por el fuego y marcada con la desgracia de
la muerte desde el momento de salir por la puerta.
Muchos años de dolor, muchos
años de silencio, un silencio hueco y negro que se hacía cada vez más grande.
Muchos años de tragarse la vergüenza de ir a pedir pan que mi hermana pequeña
metía en unas alforjillas para que no se viera. Sí, muchos años de vergüenza,
pero ahora lo pienso y no fue nuestra vergüenza, fue su vergüenza, la de
aquellos que despreciaban a unas niñas inocentes, las de las beatas que
cuchicheaban en misa, la de todos aquellos que vigilaban el luto, las formas,
las salidas y las entradas. Todos esos que cincuenta o sesenta años después
disfrutan de sus nietas de aquí a allá en pantalones cortos y consienten que
duerman bajo el mismo techo con el último novio conocido.
Creo que yo tenía 4 años cuando
murió. Nos quedamos mis hermanas, mi padre y yo. Mi padre era un buen hombre,
nos cuidó bien y mis hijos llegaron a conocerle. Salimos adelante solos,
luchando, trabajando como mulas y viviendo con ellas bajo el mismo techo. Así
era en verano, cuando teníamos que dormir mi marido, mis seis hijos, mi padre y
dos mulas en una pequeña caseta apartada al lado de la huerta de verano para
que no las robasen. Así se mezclaban los sudores, los alientos, los calores y
las inmundicias. Al amanecer empezaba un nuevo día.
Cuando tenía doce años cogí el
autobús de ruta a Madrid, pasaba cada lunes por la mañana. Por la tarde estaba
frente a un portal de la calle Princesa casi a la altura de la Plaza de España.
Era un portal de hierro forjado y las volutas y espirales que adornaban los
portalones se me asemejaban garras que me amenazaban queriendo desgarrarme
desde dentro en jirones que saltarían por los aires, como si fueran fieras hambrientas
de carne fresca.
Pocas veces me he sentido más
sola y desamparada, con un miedo a actuar que me paralizaba por dentro. Una
niña con calcetines largos y una maleta de cartón frente a unas bestias
asesinas.
La puerta se abrió y salió el
portero que me espetó directamente “eres la nueva chica de los señores de
Martínez-Gala” (luego me di cuenta de que para ser alguien en Madrid debías
tener apellido compuesto), dije que sí, aunque creo que él no esperaba
confirmación, un sí claro y profundo que no sé de dónde me salió; creo que fue
indignación. Sin saberlo estaba indignada con aquel hombrecillo por haber
supuesto que una niña con calcetines largos y maleta de cartón solamente podía
ser la chica de alguien. Porque no me preguntó si estaba perdida, si buscaba a
alguien, si necesitaba ayuda, no, él afirmó. No fue una pregunta, él me colgó
un cartel como los antiguos romanos a sus esclavos. Ya no era Rosa García,
ahora era la chica de los Martínez-Galán.
Traspasé aquel portalón para
continuar con mi vida de burra de carga. Ya no araba, sembraba, regaba,
entresacaba, recogía, segaba, cortaba, cargaba, cuidaba, pero fregaba, lavaba
sábanas, colchas, encajes, ropas de los 6 miembros de la familia, compraba,
sacaba brillo a la plata, cocinaba, cosía, remendaba y limpiaba las líneas de
los azulejos con “Blanquil”. A cambio
recibía un mísero sueldo al mes que mandaba casi íntegro a mi padre, un día libre y la posibilidad de acercar la silla de la
cocina hasta la zona del pasillo más
cercana a la puerta del amplio salón para ver la minúsculas figuras de los
actores de la televisión situada al otro
lado de la sala, mientras la familia disfrutaba del programa sentada en un cómodo
sillón frente al aparato.
Solo una vez acompañé a Pilar,
la otra sirvienta, en este bochornoso espectáculo, la primera noche. Desde
entonces preferí irme a mi habitación.
Ese es mi primer recuerdo sirviendo
en Madrid. Pero también tengo otros, como la absurda idolatría que los hijos
de los Martínez-Galán (mocosos criados por mí), o de los Salvatierra y Merino o
los de Tejada-Velazco tenían hacia unos padres que los ignoraban la mayor parte
del tiempo.
El señor Martínez-Galán solo
aparecía en casa los fines de semana y algún día entre semana, nunca antes de
que sus hijos estuvieran en la cama. La
señora Salvatierra y Merino, como todas sus semejantes, se pasaba los días en
almuerzos con amigas, meriendas, compras y peluquerías. No se levantaba antes
de las 11 y veía a sus hijos lo indispensable para cerciorarse de que nada en
su aspecto desmereciese el estatus que representaban.
Sin embargo sus crías les
adoraban, les idolatraban y aprendían de ellos los rasgos indispensables para
sobrevivir en el nivel de la escala trófica que les había tocado en suerte.
Así, sabían que nunca se daba las gracias a un sirviente y que cuanto más
empinada la nariz menos se expone la cerviz.
Yo quería a mis padres, pero no
de aquel modo, quizás porque no quería ser como ellos y que eso mismo no me
reportaría beneficio alguno. Mis padres nos querían, pero también nos
utilizaban, éramos parte de su riqueza y de su pobreza al mismo tiempo. Pero
así era, más hijos significaba más bocas que alimentar, pero a nadie se le
pasaba, ni por asomo, la idea de, “control de natalidad”, de modo que esas
bocas pronto se convertían en manos que trabajaban, manos que se perdían días de colegio y que
aprendían a duras penas a leer y escribir, cuatro reglas para recibir del
orgulloso régimen un título de estudios primarios que no significaba más que
saber las vueltas de la compra y el precio de la leche.
Por eso decidí que las noches
en mi habitación de la casa de los
Martínez-Galán serían distintas. Al hacer la compra siempre pedía que me envolvieran
la carne o el pescado o los carretes de hilo en dos hojas de periódico para
asegurarme de que todo llegaba en perfectas condiciones, tal y como me había
dictado la señora, mentía yo. La segunda hoja fue mi lectura nocturna durante mucho
tiempo, mientras tanto seguí guardando parte de la paga mensual.
Tras dos años, los
Martínez-Gala se trasladaron a Guinea Ecuatorial y yo pasé a formar parte del
servicio de la casa de los Salvatierra y Merino, que haciendo gala de su doble
y rimbombante apellido vivían en una casa mucho más grande y lujosa cerca del
parque del Retiro.
Seguían teniendo la nariz muy
empinada, pero como no tenían hijos pequeños eran más permisivos con los días
libres: dos tardes entre semana y los domingos completos. Fue así como pude
utilizar los ahorros de dos años en una academia de Sol donde conseguiría el
título de estudios secundarios que más adelante se convertiría en un curso de
secretariado.
De modo, que en un proceso
largo pero ininterrumpido, con 18 años pude dejar de fregar para empezar a
teclear en una pequeña empresa de compraventa de artículos de perfumería.
Desde entonces no he tenido que
limpiar mierdas ajenas, me he casado y he tenido dos hijos a los que adoro y me
alegro de que nunca hayan tenido que pasar
por lo que yo pasé.
Vanesa Herencias Rodríguez