martes, 15 de diciembre de 2015

Dolor


Dolor

Cuánto dolor puede aguantar un corazón cansado.

Cuánto un niño hambriento, cuánto un enfermo que mira un futuro oscuro.

Cuándo dolor pueden  soportar los hombros de una mujer asustada.

Cuánto, dime cuánto.

Porque dolor es lo que siento, o no,  es rabia, tanta rabia que me duele, la misma rabia que le duele al corazón cansado de estar hecho pedazos, la misma que está presente en las lágrimas del niño, esa que emponzoña el corazón y la mente del enfermo que conoce su largo y penoso camino por la vida, la misma rabia que agarrota los miembros de esa mujer.

Porque la vida no es justa, pero con unos es más justa que con otros y la injusticia ajena me duele, pero, lo siento, la mía me duele mucho más; porque vivo con ella los 1040 minutos de cada día y la siento, la palpo, la pienso, la llevo allá donde voy y no puedo escapar de ella ni siquiera en sueños.

Lo siento, siento no ser valiente y hacer frente al dolor, a la rabia, a una enfermedad injusta, siento tener que llorar, lo siento.

Perdonadme, pero necesito que veáis cómo lloro, cómo me duele, que estéis a mi lado compartiendo mi dolor, ¡qué egoísta!

Sí, me pregunto, cuánto dolor puede aguantar el corazón de un cuerpo enfermo, cuál se rendirá primero.

jueves, 17 de septiembre de 2015

El monstruo que nos devorará


Apunte  pseudo-periodístico de mi conciencia y yo.

El otro día, domingo, estaba leyendo el periódico y mi conciencia (que estaba todavía adormilada por la modorra de la mañana dominguera) despertó de pronto, con el consiguiente susto para mi persona, porque, al igual que yo, mi conciencia suele ser reflexiva, pausada y analiza todos los pros y los contras. Sin embargo el descubrimiento de la última barbaridad del comportamiento humano nos puso a las dos en guardia.

Resulta que estamos creando islas flotantes de basura que, en algunos casos ocupan una superficie similar a la de Francia.

¿Se dan cuenta del cambio de medidas? Ya no hablamos de que diariamente se talan áreas equivalentes a campos de fútbol en el único reducto verde, refugio y escondite de animales y plantas que podrían encerrar el secreto de la curación del cáncer, no. Hablamos de un ente creado por obra y gracia de desechos, un ser inerte que vaga por las aguas del Pacífico y que se encuentra a tan solo 1500 kilómetros de la costa de California y a bastante menos de Hawái (espacio de imagen paradisiaca).

Pues bien, al leer esta espeluznante noticia pensé en esas películas de terror de serie B en las que una masa informe de desechos radioactivos cobra vida y ataca a los pobres ciudadanos indefensos en sus perfectas casas totalmente equipadas y sus verdes jardines, perfectos también gracias a potenciadores químicos del color, la fertilidad, la forma y hasta el olor. Estos, decía, miran horrorizados, sin comprender de dónde proviene una criatura asquerosa y ruin, y por qué está poseída por ese malvado afán de destrucción.

Pero estos pequeños ciudadanos indefensos olvidan que ellos mismos han creado a esta criatura asesina. Olvidan que la fábrica de plásticos que proporciona prosperidad y crecimiento a su insigne ciudad no filtra y depura sus residuos, o que cada familia tiene tres o cuatro coches, o que por la noche la familia reunida no habla: el padres “trabaja frente al ordenador, la madre ve la televisión en el salón, la hija mayor habla por teléfono mientras ve su programa favorito (en su cuarto) y “wasapea” con sus amigos, y el hijo pequeño juega desde hace tres horas con su consola  mientras escucha música bajada por internet.

Olvidan que toman frutas en tetrabrik, carne plastificada y envuelta y hace mucho que olvidaron a qué  sabía el agua. Ahora solo gracias a los potenciadores y fortalecedores psico-técnico-químicos las plantas pueden aprovechar ese líquido clorado que sale de la manguera importada de Alemania, que son las mejores (aunque las fabrica la famosa fábrica de plásticos, las manda a Alemania a empaquetar y vuelven como producto con denominación de origen. Mangueras con mundo y mundo petrolificado)

Todo esto lo han olvidado estos tristes protagonistas de una triste historia y triste es que nosotros seamos esos personajes. Nuestro monstruo no anda, ni ruge, ni tiene los ojos huecos inflamados de odio. Pero flota, aceitoso, por las aguas que deberían ser claras, o arrasa con sus lenguas de fuego bosques y campos, o se aprovecha de lo que no es suyo.

Tiene muchos nombres, tantos como caras: calentamiento global, oscurecimiento global, agujero de la capa de ozono, vertidos tóxicos, contaminación de acuíferos, desertización, chapapote, emisiones, deshielo, peligro de extinción, empobrecimiento del suelo fértil, corrupción, aumento de la brecha social, analfabetismo, manipulación mediática, egoísmo…
No olviden ese refrán que habla de morder la mano que nos da de comer, estamos alimentando al monstruo que nos devorará.


Vanesa Herencias Rodríguez

Mi mundo es verde


Mi mundo es verde
Mi mundo es verde, así es lo que me rodea. Verde denso, verde suave, pastoso, entretejido. Hojas, ramas, tallos y troncos. El verde rodea mi casa blanca, de un verde puro (así debe ser el color del cielo al otro lado de las estrellas).
En cada hoja, en cada tallo doblado descansa la voz de aquellos que me importaron, a los que quise y me quisieron. Descansan tranquilos y cuidan mi hogar.
Las flores, los arbustos son tan verdes que a veces vuelvo con los pies teñidos tras el paseo de la tarde.


Vanesa Herencias Rodríguez

sábado, 29 de agosto de 2015

Dolores del pasado


Dolores del pasado
Capítulo 1. Madre



Mi madre murió y no pude llorarla más que por dentro, no pude decir su nombre en más de 50 años. Murió en un momento en que la única sangre que importaba era la de padres, madres y hermanos; más allá nada existía. Las familias, como clanes de animales unidos defendían a sus cachorros sin importar otra relación: tíos, primos no eran más que competidores  que luchaban por apartar obstáculos del camino.

En épocas de hambre tres huérfanas de madre no eran nada.

Sólo setenta años después sigo llorando de pena, de rabia, de no poder preguntar por qué madre no está, por qué han quemado sus cosas, por qué han quemado las pocas ropas que nos quedaban.  Ni siquiera reconoceré su rostro cuando yo muera y me la cruce en ese vasto cielo porque quemaron la única foto que tenía junto con todo lo demás.

Murió enferma, débil. Alguien (no sé) alguien dijo que había sido tuberculosis y en un pueblo pequeño consumido por el hambre, el dolor y el frío no hacía falta más para que una familia se viera despojada de todo por el fuego y marcada con la desgracia de la muerte desde el momento de salir por la puerta.

Muchos años de dolor, muchos años de silencio, un silencio hueco y negro que se hacía cada vez más grande. Muchos años de tragarse la vergüenza de ir a pedir pan que mi hermana pequeña metía en unas alforjillas para que no se viera. Sí, muchos años de vergüenza, pero ahora lo pienso y no fue nuestra vergüenza, fue su vergüenza, la de aquellos que despreciaban a unas niñas inocentes, las de las beatas que cuchicheaban en misa, la de todos aquellos que vigilaban el luto, las formas, las salidas y las entradas. Todos esos que cincuenta o sesenta años después disfrutan de sus nietas de aquí a allá en pantalones cortos y consienten que duerman bajo el mismo techo con el último novio conocido.

Creo que yo tenía 4 años cuando murió. Nos quedamos mis hermanas, mi padre y yo. Mi padre era un buen hombre, nos cuidó bien y mis hijos llegaron a conocerle. Salimos adelante solos, luchando, trabajando como mulas y viviendo con ellas bajo el mismo techo. Así era en verano, cuando teníamos que dormir mi marido, mis seis hijos, mi padre y dos mulas en una pequeña caseta apartada al lado de la huerta de verano para que no las robasen. Así se mezclaban los sudores, los alientos, los calores y las inmundicias. Al amanecer empezaba un nuevo día.


Capítulo 2.  Hija



Cuando tenía doce años cogí el autobús de ruta a Madrid, pasaba cada lunes por la mañana. Por la tarde estaba frente a un portal de la calle Princesa casi a la altura de la Plaza de España. Era un portal de hierro forjado y las volutas y espirales que adornaban los portalones se me asemejaban garras que me amenazaban queriendo desgarrarme desde dentro en jirones que saltarían por los aires, como si fueran fieras hambrientas de carne fresca.

Pocas veces me he sentido más sola y desamparada, con un miedo a actuar que me paralizaba por dentro. Una niña con calcetines largos y una maleta de cartón frente a unas bestias asesinas.

La puerta se abrió y salió el portero que me espetó directamente “eres la nueva chica de los señores de Martínez-Gala” (luego me di cuenta de que para ser alguien en Madrid debías tener apellido compuesto), dije que sí, aunque creo que él no esperaba confirmación, un sí claro y profundo que no sé de dónde me salió; creo que fue indignación. Sin saberlo estaba indignada con aquel hombrecillo por haber supuesto que una niña con calcetines largos y maleta de cartón solamente podía ser la chica de alguien. Porque no me preguntó si estaba perdida, si buscaba a alguien, si necesitaba ayuda, no, él afirmó. No fue una pregunta, él me colgó un cartel como los antiguos romanos a sus esclavos. Ya no era Rosa García, ahora era la chica de los Martínez-Galán.

Traspasé aquel portalón para continuar con mi vida de burra de carga. Ya no araba, sembraba, regaba, entresacaba, recogía, segaba, cortaba, cargaba, cuidaba, pero fregaba, lavaba sábanas, colchas, encajes, ropas de los 6 miembros de la familia, compraba, sacaba brillo a la plata, cocinaba, cosía, remendaba y limpiaba las líneas de los azulejos con “Blanquil”.  A cambio recibía un mísero sueldo al mes que mandaba casi íntegro a mi padre,  un día libre y  la posibilidad de acercar la silla de la cocina  hasta la zona del pasillo más cercana a la puerta del amplio salón para ver la minúsculas figuras de los actores de  la televisión situada al otro lado de la sala, mientras la familia disfrutaba del programa sentada en un cómodo sillón frente al aparato.

Solo una vez acompañé a Pilar, la otra sirvienta, en este bochornoso espectáculo, la primera noche. Desde entonces preferí irme a mi habitación.

Ese es mi primer recuerdo sirviendo en Madrid. Pero también tengo otros, como la absurda idolatría que los hijos de los Martínez-Galán (mocosos criados por mí), o de los Salvatierra y Merino o los de Tejada-Velazco tenían hacia unos padres que los ignoraban la mayor parte del tiempo. 

El señor Martínez-Galán solo aparecía en casa los fines de semana y algún día entre semana, nunca antes de que sus hijos estuvieran en la cama.  La señora Salvatierra y Merino, como todas sus semejantes, se pasaba los días en almuerzos con amigas, meriendas, compras y peluquerías. No se levantaba antes de las 11 y veía a sus hijos lo indispensable para cerciorarse de que nada en su aspecto desmereciese el estatus que representaban.

Sin embargo sus crías les adoraban, les idolatraban y aprendían de ellos los rasgos indispensables para sobrevivir en el nivel de la escala trófica que les había tocado en suerte. Así, sabían que nunca se daba las gracias a un sirviente  y que cuanto más empinada la nariz menos se  expone la cerviz.

Yo quería a mis padres, pero no de aquel modo, quizás porque no quería ser como ellos y que eso mismo no me reportaría beneficio alguno. Mis padres nos querían, pero también nos utilizaban, éramos parte de su riqueza y de su pobreza al mismo tiempo. Pero así era, más hijos significaba más bocas que alimentar, pero a nadie se le pasaba, ni por asomo, la idea de, “control de natalidad”, de modo que esas bocas pronto se convertían en manos que trabajaban,  manos que se perdían días de colegio y que aprendían a duras penas a leer y escribir, cuatro reglas para recibir del orgulloso régimen un título de estudios primarios que no significaba más que saber las vueltas de la compra y el precio de la leche.

Por eso decidí que las noches en mi habitación  de la casa de los Martínez-Galán serían distintas. Al hacer la compra siempre pedía que me envolvieran la carne o el pescado o los carretes de hilo en dos hojas de periódico para asegurarme de que todo llegaba en perfectas condiciones, tal y como me había dictado la señora, mentía yo. La segunda hoja fue mi lectura nocturna durante mucho tiempo, mientras tanto seguí guardando parte de la paga mensual.

Tras dos años, los Martínez-Gala se trasladaron a Guinea Ecuatorial y yo pasé a formar parte del servicio de la casa de los Salvatierra y Merino, que haciendo gala de su doble y rimbombante apellido vivían en una casa mucho más grande y lujosa cerca del parque del Retiro.

Seguían teniendo la nariz muy empinada, pero como no tenían hijos pequeños eran más permisivos con los días libres: dos tardes entre semana y los domingos completos. Fue así como pude utilizar los ahorros de dos años en una academia de Sol donde conseguiría el título de estudios secundarios que más adelante se convertiría en un curso de secretariado.  

De modo, que en un proceso largo pero ininterrumpido, con 18 años pude dejar de fregar para empezar a teclear en una pequeña empresa de compraventa de artículos de perfumería.

Desde entonces no he tenido que limpiar mierdas ajenas, me he casado y he tenido dos hijos a los que adoro y me alegro de que nunca hayan tenido que pasar  por lo que yo pasé.


Vanesa Herencias Rodríguez

domingo, 3 de mayo de 2015

El verdor


El verdor (historia en 3 capítulos)

Capítulo I

Siempre estaba deambulando por las habitaciones de la casa con su álbum de recuerdos. Mi abuela no hacía otra cosa. Con su pelo blanco, corto y descuidado; su bata y sus zapatillas de andar por casa.

A veces se ponía a limpiar el baño o a hacer las camas. Pero siempre con su álbum cerca.

No dejaba que nadie lo tocase y ninguno sabíamos exactamente qué había en él. Seguramente habría fotos de cuando el abuelo y ella eran jóvenes, de cuando se casaron y tuvieron a mi madre y a sus otros seis hijos que ahora vivían desperdigados por el mundo.

Mi madre fue la única que se quedó en el pequeño pueblo en que nació y en la casa en la que vivió. Una antigua casa encalada alejada de las demás y quizás demasiado cerca del comienzo de la espesura. O eso decía ella; que tanta vegetación podía volver loco a cualquiera y que seguramente ella y luego yo terminaría como la abuela. Aunque yo no lo tenía tan claro.

Mi madre suponía que era esa exagerada explosión de vida vegetal lo que había le había llevado a casarse con  un hombre tan extraño como Ezequiel. Guapo hasta la extenuación, moreno, tosco, terco y silencioso, muy silencioso. Podía pasarse meses sin pronunciar una palabra, ni siquiera un ¡ay! Como el día que se cortó un dedo en la cocina arreglando la pila atascada y lo único que hizo fue señalar a mi madre con el trozo que le quedaba y mirarla mientras ella expresaba el dolor que él sentía con las palabras que él no pronunciaba, hasta que se calmó y le curó el muñón.

Ezequiel se fue y yo no recuerdo ni su cara, ni su voz; solo las manos de mi abuela cortándole un mechón de pelo mientras él se echaba la siesta en el porche el día antes de que se marchara sin avisar a nadie.

Mi madre siempre estaba hablando, incluso cuando estaba sola, incluso cuando dormía.

Capítulo II

Un día mi madre se había ido a casa de Bernarda Rodríguez para estar de morreo, porque iban a ser las fiestas de San Filibusteo y los dulces eran uno de los atractivos de la fiesta. Se otorgaban premios a los mejores. Mi madre, Bernarda Rodríguez y Jimena Cortés se reunían todas las fiestas para preparar los mejores dulces, conocidos en todos los pueblos de alrededor, mientras hablaban sin parar.

Ese día era martes, y los martes yo iba al ayuntamiento para recibir clases extraordinarias de don Marcelo, el médico local que había venido de Argentina para montar un bar de tangos y terminó de médico después de sanar a diez personas, entre ellas el alcalde y su mujer, de una diarrea provocada por la meada de veinte caballos en el depósito de agua comunitario.

Las clases eran para desarrollar el potencial psíquico, intelectual, artístico y emocional que don Gilberto, el maestro, consideraba que había en mí, aunque yo nuca  hablaba si no me preguntaban directamente y la escuela era un trámite de ocho a doce. Sin embargo, con don Marcelino era diferente, él era diferente.

Ese martes don Marcelino tuvo que irse de urgencia hasta Monteverde, que estaba a 50 kilómetros de aquí y cuando llegué al ayuntamiento, Machito, el secretario del alcalde, me negó con un movimiento de cabeza cuando le miré después de llamar a la puerta de la sala principal y que nadie me contestara. De modo que aquella negación significaba que no habría clase.

Volví rodeando las casas exteriores del pueblo para tener cerca el verdor y llegué a mi casa. Entré por la puerta de atrás, que no tenía puerta y en realidad era solo una cortina tapando el hueco, y desde ahí pude ver a mi abuela tirando mechones de pelo por el retrete. Salí de la casa y volví por la puerta principal. Mi abuela estaba otra vez paseando por la casa.

Un mes después llegó el cartero con el correo con un mes de retraso, como era habitual. Ezequiel había muerto. Así como mi día Dulcenombre y su querido acompañante en un accidente de tren.

Miré a mi abuela y por unos instantes pareció estar en este mundo. Sus ojos negros miraron los míos y un leve gesto acentuó las arrugas de sus mejillas. Cogió su álbum y se puso a pasear alrededor de la casa mientras mi madre lloraba como un niño, con ese llanto contenido de rabia. Lágrimas que caían no por el dolor de un ser querido. Sino porque ya casi había conseguido olvidarse de ese hombre y porque ella nunca había viajado en tren.

Capítulo III

El tiempo aquí pasaba muy despacio, el calor ralentiza   las acciones y todo parecía quieto con el cricreo de las chicharras de fondo.

Entonces, mi abuela se paró, se observó en el espejo y abrió los ojos que caso no se le veían entre los surcos de la esas. Se dio la vuelta y me miró, caminó con pasos cortos hacia mí, que la seguía con ojos extrañados desde el suelo, y se paró de nuevo. Alargó el álbum hasta mis manos y habló con una voz imperceptible, como de tortuga: “No lo abras hasta que vuelva”; y salió  por la puerta de atrás. La cortina se abrió, entró la luz del mediodía y volvió a caer.

De pronto fui consciente y me levanté corriendo hacía la puerta, salí pero ya no estaba. Guardé el álbum en el cobertizo de las herramientas de Ezequiel, desde que se fue nadie las usó y quedaron como prueba de su existencia.

Dos días más tarde mi madre se percató de la ausencia de la abuela y puso al pueblo en alerta, aunque nadie esperaba encontrar a una vieja loca. Seguramente se habría perdido en la espesura y su cuerpo estaría alimentado  a las hormigas y alichoches nocturnos. Pero todos buscaban; nadie quería sufrir la ira de un espíritu furioso por la falta de atención de sus vecinos.

Ya había pasado un mes, el tiempo adecuado para dejar la búsqueda. Su espíritu estaría en paz.

El primer martes desde que terminó la búsqueda, mi abuela entró por la puerta de atrás, vino hacia mí y me susurró algo que sólo tenía sentido en mi mente, sus palabras eran extrañas, pero portaban un significado preciso.

Cogí el álbum, lleno de polvo tras el mes de descanso, y unas tijeras. Me adentré en lo verde hasta el río que llenaba el depósito y allí lo abrí. Busqué el nombre de mi abuela en un papel que rodeaba un mechón de pelo negro azabache. Sumergí el mechón hasta que los pequeños cabellos se desperdigaron en los remolinos de la corriente.

Con las tijeras me corté un mechón de mi pelo negro y lo envolví en el trozo de papel con el nombre de mi abuela.

Mi abuela había muerto y yo tenía su nombre.


Vanesa Herencias Rodríguez

martes, 10 de febrero de 2015

Un pueblo de silencio


Un pueblo de silencio (Viento)

Érase una vez un pueblo lleno de silencio donde el único que hablaba era el viento. Llevaba en susurros de aquí a allá los pensamientos de un pueblo mudo. Revoloteaba alrededor de las cabezas y los corazones y se llevaba consigo los más íntimos pensamientos de los que paseaban por las calles tranquilas, ajenas al murmullo de las villas comunes donde el parloteo incesante, los ladridos de los perros y los maullidos de los gatos llenan el aire.
Un pueblo mudo pero no solitario, cada suspiro, cada palabra de amor pensada, cada esperanza sentida, cada idea surgida en la mente era llevada por Viento a la persona adecuada. Quizás a veces se demorase un poco haciendo un par de remolinos de más cuando pasaba alguna muchacha de falda roja, o al ver en una esquina un pequeño montón de hojas secas listas para despegar y saltar por los aires con un breve soplido, pero el mensaje nunca se perdía, Viento lo guardaba entre sus infinitos cabellos invisibles para el ser humano.
Un lugar donde el sonido no se echaba de menos, no había orquestas porque llevaban la música en su corazón, ni gritos porque sabían hablar con la honestidad del corazón desnudo, ni palabras superfluas porque Viento transportaba lo estrictamente necesario, ni mentiras porque pesan demasiado para sostenerse entre los finos cabellos de Viento.
Un sueño de pueblo, un pueblo soñado donde descansar, cerrar los ojos y sentir en lo que está más dentro solo silencio.
 
 
Dedicado a todas esas personas que, como yo, nunca más podrán sentir el silencio.
 
Vanesa Herencias Rodríguez

Nana triste


Historia de la vieja luna y el nuevo sol (nana triste)


El Sol le dijo a la Luna te quiero, te adoro, te mando mi luz.   Si tienes un poco de alma, no me des la espalda, refléjala tú.

La Luna le escucha y  le aguarda desde su ventana tras el ancho mar de una Tierra firme y cercana que cuida a su hija sin dar paso atrás.

Yo hasta ti viajaría, te acariciaría, te haría volar más allá de este vasto universo de mil y un misterios aún por hallar.

No dejes que este mi lamento se pierda en el viento y llegue a Plutón, ¿sabes? soy el centro del universo y no puedes moverlo sin más.

Te amo, te busco y te escapas detrás de esa roca tan verde y azul; no vale la pena ocultarse, no seas cobarde y mírame ya.

La Luna que es dulce y hermosa se vuelve dichosa al oírle cantar que la ama y quiere besarla, con suaves palabras la quiere cazar.

La Luna que gira y que gira, así danzarina decide salir detrás de su madre la Tierra para ver el fuego del dios de la luz.

No sabe que el Sol egoísta maneja los cielos del norte y del sur, y que busca un espejo perfecto donde ver su gallardo reflejo de luz.

Así la Luna risueña le entrega su risa, su alma y su amor y solo recibe los dardos de fuego que chocan directos en su blanca faz.
La Luna envejece deprisa, se rompe y se quiebra,  se deja llevar por siglos que pasan en ella y ya no es la hermosa perla celestial.

Vanesa Herencias Rodríguez