sábado, 29 de agosto de 2015

Dolores del pasado


Dolores del pasado
Capítulo 1. Madre



Mi madre murió y no pude llorarla más que por dentro, no pude decir su nombre en más de 50 años. Murió en un momento en que la única sangre que importaba era la de padres, madres y hermanos; más allá nada existía. Las familias, como clanes de animales unidos defendían a sus cachorros sin importar otra relación: tíos, primos no eran más que competidores  que luchaban por apartar obstáculos del camino.

En épocas de hambre tres huérfanas de madre no eran nada.

Sólo setenta años después sigo llorando de pena, de rabia, de no poder preguntar por qué madre no está, por qué han quemado sus cosas, por qué han quemado las pocas ropas que nos quedaban.  Ni siquiera reconoceré su rostro cuando yo muera y me la cruce en ese vasto cielo porque quemaron la única foto que tenía junto con todo lo demás.

Murió enferma, débil. Alguien (no sé) alguien dijo que había sido tuberculosis y en un pueblo pequeño consumido por el hambre, el dolor y el frío no hacía falta más para que una familia se viera despojada de todo por el fuego y marcada con la desgracia de la muerte desde el momento de salir por la puerta.

Muchos años de dolor, muchos años de silencio, un silencio hueco y negro que se hacía cada vez más grande. Muchos años de tragarse la vergüenza de ir a pedir pan que mi hermana pequeña metía en unas alforjillas para que no se viera. Sí, muchos años de vergüenza, pero ahora lo pienso y no fue nuestra vergüenza, fue su vergüenza, la de aquellos que despreciaban a unas niñas inocentes, las de las beatas que cuchicheaban en misa, la de todos aquellos que vigilaban el luto, las formas, las salidas y las entradas. Todos esos que cincuenta o sesenta años después disfrutan de sus nietas de aquí a allá en pantalones cortos y consienten que duerman bajo el mismo techo con el último novio conocido.

Creo que yo tenía 4 años cuando murió. Nos quedamos mis hermanas, mi padre y yo. Mi padre era un buen hombre, nos cuidó bien y mis hijos llegaron a conocerle. Salimos adelante solos, luchando, trabajando como mulas y viviendo con ellas bajo el mismo techo. Así era en verano, cuando teníamos que dormir mi marido, mis seis hijos, mi padre y dos mulas en una pequeña caseta apartada al lado de la huerta de verano para que no las robasen. Así se mezclaban los sudores, los alientos, los calores y las inmundicias. Al amanecer empezaba un nuevo día.


Capítulo 2.  Hija



Cuando tenía doce años cogí el autobús de ruta a Madrid, pasaba cada lunes por la mañana. Por la tarde estaba frente a un portal de la calle Princesa casi a la altura de la Plaza de España. Era un portal de hierro forjado y las volutas y espirales que adornaban los portalones se me asemejaban garras que me amenazaban queriendo desgarrarme desde dentro en jirones que saltarían por los aires, como si fueran fieras hambrientas de carne fresca.

Pocas veces me he sentido más sola y desamparada, con un miedo a actuar que me paralizaba por dentro. Una niña con calcetines largos y una maleta de cartón frente a unas bestias asesinas.

La puerta se abrió y salió el portero que me espetó directamente “eres la nueva chica de los señores de Martínez-Gala” (luego me di cuenta de que para ser alguien en Madrid debías tener apellido compuesto), dije que sí, aunque creo que él no esperaba confirmación, un sí claro y profundo que no sé de dónde me salió; creo que fue indignación. Sin saberlo estaba indignada con aquel hombrecillo por haber supuesto que una niña con calcetines largos y maleta de cartón solamente podía ser la chica de alguien. Porque no me preguntó si estaba perdida, si buscaba a alguien, si necesitaba ayuda, no, él afirmó. No fue una pregunta, él me colgó un cartel como los antiguos romanos a sus esclavos. Ya no era Rosa García, ahora era la chica de los Martínez-Galán.

Traspasé aquel portalón para continuar con mi vida de burra de carga. Ya no araba, sembraba, regaba, entresacaba, recogía, segaba, cortaba, cargaba, cuidaba, pero fregaba, lavaba sábanas, colchas, encajes, ropas de los 6 miembros de la familia, compraba, sacaba brillo a la plata, cocinaba, cosía, remendaba y limpiaba las líneas de los azulejos con “Blanquil”.  A cambio recibía un mísero sueldo al mes que mandaba casi íntegro a mi padre,  un día libre y  la posibilidad de acercar la silla de la cocina  hasta la zona del pasillo más cercana a la puerta del amplio salón para ver la minúsculas figuras de los actores de  la televisión situada al otro lado de la sala, mientras la familia disfrutaba del programa sentada en un cómodo sillón frente al aparato.

Solo una vez acompañé a Pilar, la otra sirvienta, en este bochornoso espectáculo, la primera noche. Desde entonces preferí irme a mi habitación.

Ese es mi primer recuerdo sirviendo en Madrid. Pero también tengo otros, como la absurda idolatría que los hijos de los Martínez-Galán (mocosos criados por mí), o de los Salvatierra y Merino o los de Tejada-Velazco tenían hacia unos padres que los ignoraban la mayor parte del tiempo. 

El señor Martínez-Galán solo aparecía en casa los fines de semana y algún día entre semana, nunca antes de que sus hijos estuvieran en la cama.  La señora Salvatierra y Merino, como todas sus semejantes, se pasaba los días en almuerzos con amigas, meriendas, compras y peluquerías. No se levantaba antes de las 11 y veía a sus hijos lo indispensable para cerciorarse de que nada en su aspecto desmereciese el estatus que representaban.

Sin embargo sus crías les adoraban, les idolatraban y aprendían de ellos los rasgos indispensables para sobrevivir en el nivel de la escala trófica que les había tocado en suerte. Así, sabían que nunca se daba las gracias a un sirviente  y que cuanto más empinada la nariz menos se  expone la cerviz.

Yo quería a mis padres, pero no de aquel modo, quizás porque no quería ser como ellos y que eso mismo no me reportaría beneficio alguno. Mis padres nos querían, pero también nos utilizaban, éramos parte de su riqueza y de su pobreza al mismo tiempo. Pero así era, más hijos significaba más bocas que alimentar, pero a nadie se le pasaba, ni por asomo, la idea de, “control de natalidad”, de modo que esas bocas pronto se convertían en manos que trabajaban,  manos que se perdían días de colegio y que aprendían a duras penas a leer y escribir, cuatro reglas para recibir del orgulloso régimen un título de estudios primarios que no significaba más que saber las vueltas de la compra y el precio de la leche.

Por eso decidí que las noches en mi habitación  de la casa de los Martínez-Galán serían distintas. Al hacer la compra siempre pedía que me envolvieran la carne o el pescado o los carretes de hilo en dos hojas de periódico para asegurarme de que todo llegaba en perfectas condiciones, tal y como me había dictado la señora, mentía yo. La segunda hoja fue mi lectura nocturna durante mucho tiempo, mientras tanto seguí guardando parte de la paga mensual.

Tras dos años, los Martínez-Gala se trasladaron a Guinea Ecuatorial y yo pasé a formar parte del servicio de la casa de los Salvatierra y Merino, que haciendo gala de su doble y rimbombante apellido vivían en una casa mucho más grande y lujosa cerca del parque del Retiro.

Seguían teniendo la nariz muy empinada, pero como no tenían hijos pequeños eran más permisivos con los días libres: dos tardes entre semana y los domingos completos. Fue así como pude utilizar los ahorros de dos años en una academia de Sol donde conseguiría el título de estudios secundarios que más adelante se convertiría en un curso de secretariado.  

De modo, que en un proceso largo pero ininterrumpido, con 18 años pude dejar de fregar para empezar a teclear en una pequeña empresa de compraventa de artículos de perfumería.

Desde entonces no he tenido que limpiar mierdas ajenas, me he casado y he tenido dos hijos a los que adoro y me alegro de que nunca hayan tenido que pasar  por lo que yo pasé.


Vanesa Herencias Rodríguez