jueves, 17 de septiembre de 2015

El monstruo que nos devorará


Apunte  pseudo-periodístico de mi conciencia y yo.

El otro día, domingo, estaba leyendo el periódico y mi conciencia (que estaba todavía adormilada por la modorra de la mañana dominguera) despertó de pronto, con el consiguiente susto para mi persona, porque, al igual que yo, mi conciencia suele ser reflexiva, pausada y analiza todos los pros y los contras. Sin embargo el descubrimiento de la última barbaridad del comportamiento humano nos puso a las dos en guardia.

Resulta que estamos creando islas flotantes de basura que, en algunos casos ocupan una superficie similar a la de Francia.

¿Se dan cuenta del cambio de medidas? Ya no hablamos de que diariamente se talan áreas equivalentes a campos de fútbol en el único reducto verde, refugio y escondite de animales y plantas que podrían encerrar el secreto de la curación del cáncer, no. Hablamos de un ente creado por obra y gracia de desechos, un ser inerte que vaga por las aguas del Pacífico y que se encuentra a tan solo 1500 kilómetros de la costa de California y a bastante menos de Hawái (espacio de imagen paradisiaca).

Pues bien, al leer esta espeluznante noticia pensé en esas películas de terror de serie B en las que una masa informe de desechos radioactivos cobra vida y ataca a los pobres ciudadanos indefensos en sus perfectas casas totalmente equipadas y sus verdes jardines, perfectos también gracias a potenciadores químicos del color, la fertilidad, la forma y hasta el olor. Estos, decía, miran horrorizados, sin comprender de dónde proviene una criatura asquerosa y ruin, y por qué está poseída por ese malvado afán de destrucción.

Pero estos pequeños ciudadanos indefensos olvidan que ellos mismos han creado a esta criatura asesina. Olvidan que la fábrica de plásticos que proporciona prosperidad y crecimiento a su insigne ciudad no filtra y depura sus residuos, o que cada familia tiene tres o cuatro coches, o que por la noche la familia reunida no habla: el padres “trabaja frente al ordenador, la madre ve la televisión en el salón, la hija mayor habla por teléfono mientras ve su programa favorito (en su cuarto) y “wasapea” con sus amigos, y el hijo pequeño juega desde hace tres horas con su consola  mientras escucha música bajada por internet.

Olvidan que toman frutas en tetrabrik, carne plastificada y envuelta y hace mucho que olvidaron a qué  sabía el agua. Ahora solo gracias a los potenciadores y fortalecedores psico-técnico-químicos las plantas pueden aprovechar ese líquido clorado que sale de la manguera importada de Alemania, que son las mejores (aunque las fabrica la famosa fábrica de plásticos, las manda a Alemania a empaquetar y vuelven como producto con denominación de origen. Mangueras con mundo y mundo petrolificado)

Todo esto lo han olvidado estos tristes protagonistas de una triste historia y triste es que nosotros seamos esos personajes. Nuestro monstruo no anda, ni ruge, ni tiene los ojos huecos inflamados de odio. Pero flota, aceitoso, por las aguas que deberían ser claras, o arrasa con sus lenguas de fuego bosques y campos, o se aprovecha de lo que no es suyo.

Tiene muchos nombres, tantos como caras: calentamiento global, oscurecimiento global, agujero de la capa de ozono, vertidos tóxicos, contaminación de acuíferos, desertización, chapapote, emisiones, deshielo, peligro de extinción, empobrecimiento del suelo fértil, corrupción, aumento de la brecha social, analfabetismo, manipulación mediática, egoísmo…
No olviden ese refrán que habla de morder la mano que nos da de comer, estamos alimentando al monstruo que nos devorará.


Vanesa Herencias Rodríguez

Mi mundo es verde


Mi mundo es verde
Mi mundo es verde, así es lo que me rodea. Verde denso, verde suave, pastoso, entretejido. Hojas, ramas, tallos y troncos. El verde rodea mi casa blanca, de un verde puro (así debe ser el color del cielo al otro lado de las estrellas).
En cada hoja, en cada tallo doblado descansa la voz de aquellos que me importaron, a los que quise y me quisieron. Descansan tranquilos y cuidan mi hogar.
Las flores, los arbustos son tan verdes que a veces vuelvo con los pies teñidos tras el paseo de la tarde.


Vanesa Herencias Rodríguez