Apunte pseudo-periodístico de mi conciencia y yo.
El otro día, domingo, estaba leyendo el
periódico y mi conciencia (que estaba todavía adormilada por la modorra de la
mañana dominguera) despertó de pronto, con el consiguiente susto para mi persona,
porque, al igual que yo, mi conciencia suele ser reflexiva, pausada y analiza
todos los pros y los contras. Sin embargo el descubrimiento de la última
barbaridad del comportamiento humano nos puso a las dos en guardia.
Resulta que estamos creando islas flotantes
de basura que, en algunos casos ocupan una superficie similar a la de Francia.
¿Se dan cuenta del cambio de medidas? Ya no
hablamos de que diariamente se talan áreas equivalentes a campos de fútbol en
el único reducto verde, refugio y escondite de animales y plantas que podrían
encerrar el secreto de la curación del cáncer, no. Hablamos de un ente creado
por obra y gracia de desechos, un ser inerte que vaga por las aguas del
Pacífico y que se encuentra a tan solo 1500 kilómetros de la costa de
California y a bastante menos de Hawái (espacio de imagen paradisiaca).
Pues bien, al leer esta espeluznante
noticia pensé en esas películas de terror de serie B en las que una masa
informe de desechos radioactivos cobra vida y ataca a los pobres ciudadanos
indefensos en sus perfectas casas totalmente equipadas y sus verdes jardines,
perfectos también gracias a potenciadores químicos del color, la fertilidad, la
forma y hasta el olor. Estos, decía, miran horrorizados, sin comprender de
dónde proviene una criatura asquerosa y ruin, y por qué está poseída por ese
malvado afán de destrucción.
Pero estos pequeños ciudadanos indefensos
olvidan que ellos mismos han creado a esta criatura asesina. Olvidan que la
fábrica de plásticos que proporciona prosperidad y crecimiento a su insigne
ciudad no filtra y depura sus residuos, o que cada familia tiene tres o cuatro
coches, o que por la noche la familia reunida no habla: el padres “trabaja
frente al ordenador, la madre ve la televisión en el salón, la hija mayor habla
por teléfono mientras ve su programa favorito (en su cuarto) y “wasapea” con
sus amigos, y el hijo pequeño juega desde hace tres horas con su consola mientras escucha música bajada por internet.
Olvidan que toman frutas en tetrabrik,
carne plastificada y envuelta y hace mucho que olvidaron a qué sabía el agua. Ahora solo gracias a los
potenciadores y fortalecedores psico-técnico-químicos las plantas pueden
aprovechar ese líquido clorado que sale de la manguera importada de Alemania,
que son las mejores (aunque las fabrica la famosa fábrica de plásticos, las
manda a Alemania a empaquetar y vuelven como producto con denominación de
origen. Mangueras con mundo y mundo petrolificado)
Todo esto lo han olvidado estos tristes
protagonistas de una triste historia y triste es que nosotros seamos esos
personajes. Nuestro monstruo no anda, ni ruge, ni tiene los ojos huecos
inflamados de odio. Pero flota, aceitoso, por las aguas que deberían ser
claras, o arrasa con sus lenguas de fuego bosques y campos, o se aprovecha de
lo que no es suyo.
Tiene muchos nombres, tantos como caras:
calentamiento global, oscurecimiento global, agujero de la capa de ozono,
vertidos tóxicos, contaminación de acuíferos, desertización, chapapote,
emisiones, deshielo, peligro de extinción, empobrecimiento del suelo fértil,
corrupción, aumento de la brecha social, analfabetismo, manipulación mediática,
egoísmo…
No olviden ese refrán que habla de morder la
mano que nos da de comer, estamos alimentando al monstruo que nos devorará.Vanesa Herencias Rodríguez