Dolor
Cuánto dolor puede aguantar un corazón
cansado.
Cuánto un niño hambriento, cuánto un enfermo
que mira un futuro oscuro.
Cuándo dolor pueden soportar los hombros de una mujer asustada.
Cuánto, dime cuánto.
Porque dolor es lo que siento, o no, es rabia, tanta rabia que me duele, la misma
rabia que le duele al corazón cansado de estar hecho pedazos, la misma que está
presente en las lágrimas del niño, esa que emponzoña el corazón y la mente del
enfermo que conoce su largo y penoso camino por la vida, la misma rabia que
agarrota los miembros de esa mujer.
Porque la vida no es justa, pero con unos es
más justa que con otros y la injusticia ajena me duele, pero, lo siento, la mía
me duele mucho más; porque vivo con ella los 1040 minutos de cada día y la
siento, la palpo, la pienso, la llevo allá donde voy y no puedo escapar de ella
ni siquiera en sueños.
Lo siento, siento no ser valiente y hacer
frente al dolor, a la rabia, a una enfermedad injusta, siento tener que llorar,
lo siento.
Perdonadme, pero necesito que veáis cómo
lloro, cómo me duele, que estéis a mi lado compartiendo mi dolor, ¡qué egoísta!
Sí, me pregunto, cuánto dolor puede aguantar el
corazón de un cuerpo enfermo, cuál se rendirá primero.
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