domingo, 3 de mayo de 2015

El verdor


El verdor (historia en 3 capítulos)

Capítulo I

Siempre estaba deambulando por las habitaciones de la casa con su álbum de recuerdos. Mi abuela no hacía otra cosa. Con su pelo blanco, corto y descuidado; su bata y sus zapatillas de andar por casa.

A veces se ponía a limpiar el baño o a hacer las camas. Pero siempre con su álbum cerca.

No dejaba que nadie lo tocase y ninguno sabíamos exactamente qué había en él. Seguramente habría fotos de cuando el abuelo y ella eran jóvenes, de cuando se casaron y tuvieron a mi madre y a sus otros seis hijos que ahora vivían desperdigados por el mundo.

Mi madre fue la única que se quedó en el pequeño pueblo en que nació y en la casa en la que vivió. Una antigua casa encalada alejada de las demás y quizás demasiado cerca del comienzo de la espesura. O eso decía ella; que tanta vegetación podía volver loco a cualquiera y que seguramente ella y luego yo terminaría como la abuela. Aunque yo no lo tenía tan claro.

Mi madre suponía que era esa exagerada explosión de vida vegetal lo que había le había llevado a casarse con  un hombre tan extraño como Ezequiel. Guapo hasta la extenuación, moreno, tosco, terco y silencioso, muy silencioso. Podía pasarse meses sin pronunciar una palabra, ni siquiera un ¡ay! Como el día que se cortó un dedo en la cocina arreglando la pila atascada y lo único que hizo fue señalar a mi madre con el trozo que le quedaba y mirarla mientras ella expresaba el dolor que él sentía con las palabras que él no pronunciaba, hasta que se calmó y le curó el muñón.

Ezequiel se fue y yo no recuerdo ni su cara, ni su voz; solo las manos de mi abuela cortándole un mechón de pelo mientras él se echaba la siesta en el porche el día antes de que se marchara sin avisar a nadie.

Mi madre siempre estaba hablando, incluso cuando estaba sola, incluso cuando dormía.

Capítulo II

Un día mi madre se había ido a casa de Bernarda Rodríguez para estar de morreo, porque iban a ser las fiestas de San Filibusteo y los dulces eran uno de los atractivos de la fiesta. Se otorgaban premios a los mejores. Mi madre, Bernarda Rodríguez y Jimena Cortés se reunían todas las fiestas para preparar los mejores dulces, conocidos en todos los pueblos de alrededor, mientras hablaban sin parar.

Ese día era martes, y los martes yo iba al ayuntamiento para recibir clases extraordinarias de don Marcelo, el médico local que había venido de Argentina para montar un bar de tangos y terminó de médico después de sanar a diez personas, entre ellas el alcalde y su mujer, de una diarrea provocada por la meada de veinte caballos en el depósito de agua comunitario.

Las clases eran para desarrollar el potencial psíquico, intelectual, artístico y emocional que don Gilberto, el maestro, consideraba que había en mí, aunque yo nuca  hablaba si no me preguntaban directamente y la escuela era un trámite de ocho a doce. Sin embargo, con don Marcelino era diferente, él era diferente.

Ese martes don Marcelino tuvo que irse de urgencia hasta Monteverde, que estaba a 50 kilómetros de aquí y cuando llegué al ayuntamiento, Machito, el secretario del alcalde, me negó con un movimiento de cabeza cuando le miré después de llamar a la puerta de la sala principal y que nadie me contestara. De modo que aquella negación significaba que no habría clase.

Volví rodeando las casas exteriores del pueblo para tener cerca el verdor y llegué a mi casa. Entré por la puerta de atrás, que no tenía puerta y en realidad era solo una cortina tapando el hueco, y desde ahí pude ver a mi abuela tirando mechones de pelo por el retrete. Salí de la casa y volví por la puerta principal. Mi abuela estaba otra vez paseando por la casa.

Un mes después llegó el cartero con el correo con un mes de retraso, como era habitual. Ezequiel había muerto. Así como mi día Dulcenombre y su querido acompañante en un accidente de tren.

Miré a mi abuela y por unos instantes pareció estar en este mundo. Sus ojos negros miraron los míos y un leve gesto acentuó las arrugas de sus mejillas. Cogió su álbum y se puso a pasear alrededor de la casa mientras mi madre lloraba como un niño, con ese llanto contenido de rabia. Lágrimas que caían no por el dolor de un ser querido. Sino porque ya casi había conseguido olvidarse de ese hombre y porque ella nunca había viajado en tren.

Capítulo III

El tiempo aquí pasaba muy despacio, el calor ralentiza   las acciones y todo parecía quieto con el cricreo de las chicharras de fondo.

Entonces, mi abuela se paró, se observó en el espejo y abrió los ojos que caso no se le veían entre los surcos de la esas. Se dio la vuelta y me miró, caminó con pasos cortos hacia mí, que la seguía con ojos extrañados desde el suelo, y se paró de nuevo. Alargó el álbum hasta mis manos y habló con una voz imperceptible, como de tortuga: “No lo abras hasta que vuelva”; y salió  por la puerta de atrás. La cortina se abrió, entró la luz del mediodía y volvió a caer.

De pronto fui consciente y me levanté corriendo hacía la puerta, salí pero ya no estaba. Guardé el álbum en el cobertizo de las herramientas de Ezequiel, desde que se fue nadie las usó y quedaron como prueba de su existencia.

Dos días más tarde mi madre se percató de la ausencia de la abuela y puso al pueblo en alerta, aunque nadie esperaba encontrar a una vieja loca. Seguramente se habría perdido en la espesura y su cuerpo estaría alimentado  a las hormigas y alichoches nocturnos. Pero todos buscaban; nadie quería sufrir la ira de un espíritu furioso por la falta de atención de sus vecinos.

Ya había pasado un mes, el tiempo adecuado para dejar la búsqueda. Su espíritu estaría en paz.

El primer martes desde que terminó la búsqueda, mi abuela entró por la puerta de atrás, vino hacia mí y me susurró algo que sólo tenía sentido en mi mente, sus palabras eran extrañas, pero portaban un significado preciso.

Cogí el álbum, lleno de polvo tras el mes de descanso, y unas tijeras. Me adentré en lo verde hasta el río que llenaba el depósito y allí lo abrí. Busqué el nombre de mi abuela en un papel que rodeaba un mechón de pelo negro azabache. Sumergí el mechón hasta que los pequeños cabellos se desperdigaron en los remolinos de la corriente.

Con las tijeras me corté un mechón de mi pelo negro y lo envolví en el trozo de papel con el nombre de mi abuela.

Mi abuela había muerto y yo tenía su nombre.


Vanesa Herencias Rodríguez